Hernán León Velasco // Tuxtla Gutiérrez
La tarde del 5 de diciembre cayó lentamente sobre Tuxtla, como si la ciudad supiera que algo especial estaba por ocurrir. En la casa del Dr. Mariano Rosales, la RIAL Academia Fraylescana se reunió para celebrar y elegir a su nueva presidenta, asimismo reencontrarse en ese territorio donde la amistad, la cultura y la risa se reconocen sin protocolos.
El Dr. Marco Antonio Bezares Escobar, cuidadoso guardián de los votos, anunció el resultado: por primera vez, la RIAL tendría una presidenta. El aplauso surgió cálido y festivo.
Así, Martha Elena de Coss Flores asumió el cargo con la discreta alegría de quien sabe que el liderazgo también es un acto de servicio.
La reunión avanzó con música, confidencias, bromas nacidas sin esfuerzo y esa chispa de buen humor que solo se enciende cuando las personas se sienten en casa. Hubo piano, hubo mariachi, hubo recuerdos y nuevas historias que, sin proponérselo, ya pedían un futuro narrador.
Pero la crónica más precisa y entrañable de lo vivido no surgió en Tuxtla: nació horas después, cuando Marthita (así le decimos de cariño), regresó a Tapachula, a la quietud de su hogar y al silencio posterior a las celebraciones. Desde allá, lejos del bullicio, escribió un mensaje que devolvió a todos —a quienes viven en Villaflores, en Tuxtla o en Tapachula— la emoción intacta de aquella noche.
Este es su mensaje, compartido en su forma íntegra:
Lo que escribió la presidenta Marthita
«Después de cuatro horas de camino de Tuxtla a Tapachula por la carretera de la costa chiapaneca, tuvimos tiempo de describir la posada que organizó el Dr. Mariano para los integrantes de la RIAL. Fiesta clase mundial: comida regional, cochito de Coita, chiles rellenos de Villaflores y bacalao de Tuxtla, por mencionar algunos de los manjares. En las bebidas fue difícil la decisión, whisky importado para Aquino y su piano, mezcal campirano para las Bandas y el poderoso tequila pal mariachi.
Las canciones mejoraron el ambiente, los autores más desgarradores, José Alfredo, Juan Gabriel, y para cerrar, al pedido a gritos: nuestro Jorge Macías cuyas canciones nos traen recuerdos de Aquella Edad y para los idiotas en el amor: Tropecé con la misma piedra.
Fue maravilloso platicar casi rozando la oreja con tantos conocidos. Gracias Marianito y Delina por tan maravillosa convivencia.»
Aquel mensaje —nacido no del instante festivo, sino del recuerdo inmediato— dio a la experiencia una hondura nueva. No describió solo una reunión: la devolvió, la volvió cercana para quienes ya estaban lejos y la transformó en un puente entre ciudades, kilómetros y afectos.
Mientras ella escribía en Tapachula, los demás revivieron la noche desde sus propios rincones: el piano de Arturo Aquino, que había elevado el aire; el mariachi, que desató nostalgias difíciles de olvidar; y las conversaciones casi al oído, donde la confianza se volvió una forma de poesía inadvertida.
Era imposible no sentir que algo mayor estaba ocurriendo: la primera presidenta de la RIAL, la fraternidad viva, el humor que suavizaba la solemnidad y la certeza de que la cultura también se sostiene en el afecto. Todo avanzó con la naturalidad de los momentos que se vuelven inolvidables.
Lo que sucedió aquella noche no fue únicamente una posada en Tuxtla. Fue un reencuentro con la identidad fraylescana —esa que nace en Villaflores, se expande por Chiapas y se abraza sin preguntar por distancias—. Fue, en esencia, una celebración compartida entre ciudades, entre corazones y memorias.
Al final, cuando cada quien tomó su rumbo, todos comprendimos lo mismo:
aquella noche en casa del Dr. Mariano Rosales no fue solo una posada ni una simple convivencia,
sino una reunión histórica que dejó huella en el corazón de todos.
Un instante que unió ciudades, voces y afectos; un momento que la RIAL guardará como se guardan las fechas que abren camino.
Porque hay noches que pasan…
y hay noches que se quedan.
Esta, sin duda, eligió quedarse.









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